Los hijos de Dios estamos llamados a amar, perdonar y dar la otra mejilla, y no es precisamente el prójimo nuestro adversario. Tenemos un reino que no es de este mundo, se nos ha prometido la Nueva Jerusalén para vivir por siempre, así es que no peleamos por territorios. El Señor nos dice que no temamos a los que matan al cuerpo y después no pueden hacer nada más, así es que no es una guerra física. Entonces ¿Contra quién luchamos?, la respuesta es contra Satanás y sus huestes; y ¿Por qué y para qué?, por las almas para Cristo. Por eso no nos confundamos, no pensemos que estamos en una guerra humana, somos soldados, pero de Cristo y nuestra espada es la palabra de Dios. No le quitemos importancia a la Palabra, el enemigo no la soporta y hay algo más, el nombre de Jesús lo vence todo, tiene poder sobre cualquier cosa o criatura.
No estamos solos, Cristo va delante nuestro y Él gana la batalla y también la guerra final; ya venció al Diablo en la cruz y lo volverá a vencer. El enemigo a veces puede ganar terreno si estamos dormidos o débiles, es capaz de causar daño, pero no puede poseer a un hijo de Dios, nadie le quita sus ovejas al Señor.
Creámosle a Dios, en Cristo somos más que vencedores en cada momento que acudimos a Él.
