Si no creemos en nosotros, ¿quién lo hará? Dios cree en nosotros, y es algo bueno también; de otro modo, nunca progresaremos. No podemos esperar a que otro venga y nos anime a ser todo lo que podemos ser.
Cuando David y sus hombres se encontraron en una situación aparentemente sin esperanza, por lo cual los hombres le echaron la culpa, David cobró valor y se fortaleció en Dios. Más tarde, esa situación fue completamente revertida (1 Samuel 30:1-20).
Cuando David era sólo un muchachito, todos a su alrededor lo desanimaron respecto de su habilidad para pelear con Goliat. Le decían que era muy joven y muy inexperto, y que no tenía ni la armadura ni las armas correctas. Pero David conocía a su Dios y tenía confianza en Él. David creyó que Dios sería fuerte en su debilidad y le daría la victoria.
El dudar de uno mismo es sumamente atormentador, y debemos librarnos de ello. Como David, debemos aprender a conocer a nuestro Dios, conocer acerca de su amor, sus caminos y su palabra; por último, debemos decidir si creemos o no. Si no dudamos de nosotros mismos, y confiamos en Dios, Él nos dará la victoria.
La forma de terminar el tormento de dudar de nosotros mismos, es mirar a Dios y tener fe en su gran poder que hay dentro de nosotros.
Hoy, mientras estudiaba, leí algo que me gustó muchísimo:
ORACIÓN DE LA SERENIDAD
Dios, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que pueda alterar, y la sabiduría para reconocer la diferencia.
Reinhold Niebuhr
¡Qué buenísimo!, me gusta la simpleza con que este autor hace esta oración, no sé si será cristiano o no, pero me parece asertiva su forma de pedir algo tan importante, tan valioso, que a menudo pareciera no tener gran valor para nosotros. La mayoría de las veces en nuestras oraciones pedimos por nosotros mismos, que Dios nos cuide, que proteja a los que amamos, que nos vaya bien, que tengamos un excelente día, buena salud, dinero, etc., y casi nunca pedimos por tener serenidad para aceptar, valor para cambiar, y sabiduría para conocer. Pero qué importante es que aprendamos a pedir estas cosas a Dios, qué importantes son estas cosas para nuestro propio bienestar y para el bien de las relaciones que construimos con los demás y nuestro entorno.
¿Cuántas veces hemos sentido rabia por no poder aceptar algo que no nos gusta?, ¿cuántas veces le hemos reclamado a nuestros amigos, a nuestros papás algo que nos irrita de ellos?, y miles de cosas más que hoy nos cuestan aceptar porque no nos gustan y quisiéramos cambiarlas; entonces ¿no sería lindo poder tener la serenidad, la paz para poder aceptar esas cosas que no podemos cambiar, que están fuera de nuestro control?, ¿dormiríamos más tranquilos sabiendo que hay cosas que simplemente NO vamos a cambiar porque no podemos, y que entonces sólo debemos aceptarlas como son?, claro que sí!, la vida mejoraría.
¿Vives con temor a dar ese paso que sabes que cambiaría tu vida?, ¿todos los días piensas en ese sueño que deseas cumplir?, ¿miras el mundo a tu alrededor y te gustaría hacer algo por él, pero te sientes poca cosa?, yo sí he sentido la necesidad de cambiar algo, y no lo he hecho por temor u otras cosas, entonces ¿qué nos pasa?, nos falta valentía!, pidámosle tener valor a Dios para cambiar eso que sabemos que podemos cambiar, no nos llenemos de miedo, que el miedo paraliza, desechémoslo de una vez y tengamos valor!.
¿Has sentido rabia por no entender a alguien que ve distinta la vida de cómo la ves tú?, ¿te has sentido menos valioso que otro, porque él hace lo que te gustaría hacer?, ¿te has sentido diferente y por lo tanto, con menos valor que otros?. Todos en algún momento nos hemos comparado con otros y hemos sentido rabia o pena o menos valorizados por esas diferencias, o hemos sentido rabia porque alguien no piensa como nosotros; ¿qué nos falta entonces?, pedirle sabiduría a Dios para comprender esas diferencias que existen entre otros y nosotros, y ser capaces de verlas como algo positivo: somos diferentes y únicos, con distintos potenciales, ni mejores ni peores.
Pidámosle a Dios que nos dé serenidad para aceptar, valor para cambiar y sabiduría para conocer, y veremos cómo nuestro diario vivir cambia de manera increíble.
El ser humano está hecho de tal forma que cuando cualquier cosa enciende el alma, las imposibilidades desaparecen. Un fuego en el corazón levanta todo en su vida, es por eso que los líderes apasionados son tan efectivos. Un líder con gran pasión y pocas habilidades siempre sobrepasa a un líder con grandes habilidades y ninguna pasión.
A pesar del poder de la pasión, muchas personas en nuestra cultura parecen creer que la pasión es algo de lo que debemos estar mas bien alejados, algo no muy positivo ni bueno. El sicólogo Tony Campolo ha hecho la siguiente observación: «Estamos atrapados en una etapa específica de nuestro genio nacional en la que no solo somos materialistas sino peor que eso; estamos convirtiéndonos en personas emocionalmente muertas. No cantamos, no bailamos, ni siquiera cometemos pecado con mucho entusiasmo».
¿Es la pasión una característica de tu vida? ¿Te levantas con entusiasmo por el nuevo día? ¿Es el primer día de la semana tu día favorito?, o ¿vives de fin de semana en fin de semana como sonámbulo a través de tu rutina de todos los días? ¿Qué tiempo hace desde que no puedes dormir porque estabas demasiado excitado por una idea?
Si la pasión no es una cualidad en tu vida, estás en problemas para lograr lo que quieres. La verdad es que nunca podrás dirigir algo por lo cual no te sientas apasionado. No puedes iniciar un fuego en otros a menos que primero se encienda en ti.
Cuentan que un maestro oriental estaba en la casa de una familia recitando una oración a un niño enfermo. Un amigo de la familia que observaba se le acercó al final de la oración y le dijo: “Dígales la verdad: unas palabras no van a curar a este niño; no los engañe”. El maestro se volvió, lo insultó y le contestó gritando que no se metiera en el asunto. Este maltrato verbal sorprendió muchísimo al amigo de la familia, pues los maestros orientales nunca se alteran. Después se sonrojó, se alteró y empezó a sudar profusamente. Entonces el maestro lo miró con amor y le dijo: “Si unas palabras te ponen rojo, te alteran y te hacen sudar, ¿por qué no pueden tener el poder de curar?”.
Este es un llamado a que usemos nuestras palabras para construir y no para destruir. Si queremos un mejor ambiente en nuestras casas con nuestras familias, empecemos a usar buenas palabras con nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos; si queremos mejorar nuestra relación sentimental digamos palabras constructivas, de amor, de comprensión a nuestra pareja, no de rabia; si queremos tener buenas relaciones en nuestros centros de estudio o nuestros trabajos, ¿qué hacer?, comenzar a utilizar palabras de compañerismo, de ánimo, palabras positivas. Esto no sólo beneficiará a las personas que nos rodean y el ambiente, sino que también incrementará nuestra propia paz y tranquilidad.
¿Te molesta estar en tu casa, hablar con tus compañeros de trabajo o estudio, y tu relación de pareja ya no anda bien?, si quieres cambiar estas situaciones comienza a utilizar correctamente las palabras y verás cuál es el poder que tienen ellas sobre las situaciones. No esperes cambiar a la gente, ni las situaciones, ni las circunstancias, tampoco critiques tanto, mejor preocúpate de lo que dices.